2 abr. 2015

Las cursadas eran a la noche y como no me había tocado guardia me quedé en el sucutrucho que alquilaba en La Plata, no tenia ni tele ni radio y todavía no existia internet, ni el whatssap, así que sola y en silencio había pasado todo el día estudiando hasta la hora de ir a la facu. Fue entrar y enterarme. Una compañera de entre todo el grupo tenía un diario entre sus manos. A todos no nos terminaba de cuajar la idea. Qué? Pero qué? Me alcanza el diario, como hizo también con los que luego fueron llegando y como yo no estábamos enterados. Leo los títulares. No puede ser. Otra de las chicas estaba llorando. Su novio estaba en la colimba, faltaban pocos días para que le dieran la baja y en todo el día no había tenido noticias suyas. No puede ser. 
Esa misma noche me voy para Buenos Aires, creo que era viernes y los fines de semana me pegaba la vuelta en micro. Llego a la casa de mi abuela. Tarde, era muy tarde y todos estaban durmiendo. La tele por aquellos años cortaba la transmisión a las doce de la noche. Imposible saber algo a la madrugada. A la mañana siguiente en el desayuno mi abuela me cuenta de la vecina, una polaca que había vivido y sobrevivido la Segunda Guerra, que se había puesto como loca y gritaba, que había tapado con colchones y muebles todas las ventanas de su casa. No puede ser. Los fondos de la casa de mi abuela y la de ella apenas estaban separados por una enclenque tapia de ladrillos de canto de no más de un metro. Antes ni existía eso de la inseguridad, los fondos a veces ni tenían tapia o alambrada que los delimitara. Me asomo y la llamo. Luego de un par de llamadas escucho ruidos desde la puerta que daba a su patio, la abre con dificultad corriendo unas gruesas frazadas que había colocado detras, sale al patio a alertarme en su castellano enrevesado y la voz angustiada: Adentro! métete adentro que van a empezar a caer las bombas! Y vuelve a encerrase. No puede ser.
Volví, por supuesto, a las clases y guardias en hemoterapia. Con amargura descubrí que empezaban a faltar reactivos para analizar la sangre, estos eran importados y el bloqueo comercial empezaba a hacer estragos. Con el paso de los días parecía que la guerra que aun no comenzaba había dejado en los hospitales solo aspirinas. Ahora rezabas para que no entrara un accidentado con una hemorragia. Se restringieron las transfusiones a sólo los casos de vida o muerte. Los demás pacientes a esperar. Llegamos a mezclar la sangre de algún paciente con la de las bolsas y a mirar en el microscopio para ver si no se coagulaba. Si llegabas a hacer una transfusión era terrible encomendarse a dios para no estarle errando y terminar matando al paciente por la sangre incompatible. No puede estar pasando.
Y los apagones sobre Buenos Aires, los simulacros sobre una plana ciudad con millones de almas imposible de invisibilizar. Ahí estábamos, a lo largo y a lo ancho, cómo no nos iban a encontrar. No puede ser.
Con Gomez Fuentes y sus comunicados fueron pasando los días. Vamos ganando. Uno comienza a creer que vamos ganando ¿vamos? ¿yo? ¿quién? hasta que ves por la tele a los sobrevivientes del Belgrano y ves la tremenda ausencia de los que no sobrevivieron. Ay, por favor, Honor y Gloria a los caídos. Entonces se te acomodan las fichas. De golpe se te hace una crueldad ver a esa abuela que teje bufandas frente a la cámara. Te dices que debería tejer mortajas. Y ella no tiene la culpa de tejer bufandas, porque las abuelas tejen bufandas y la pusieron ahí para tejer bufandas. De golpe te urge saber algo de aquellos conocidos que están en Malvinas o apostados en Río Gallegos. Te enteras de las enfermeras mal pertrechadas y pasando frio en el sur. También las movilizaron, en su mayoría del Ejército y de la Cruz Roja. Nadie dice nada del frío todavía, pero te lo dijeron en la guardia y se te hiela la sangre también. Luego te enteras del novio de tu compañera, que regresó de Malvinas enajenado de miedo, y ves al amigo aquel que regresó sin la sonrisa, sonrisa que trocó por una sombra que lo acompañó hasta el día de su muerte. Daño colateral que le dicen. Y fueron tantas vidas.
Tres años después nació mi hijo y ese mismo día, mirándolo en su cuna pensé en la guerra, me juré que si alguna vez insistían con ella le preguntaría a los gurkas en qué parte del mapa querían el moñito, y les mandaría las islas de regalo, porque una sola gota de sangre de mi hijo o del hijo de cualquier argentino vale más que las Malvinas. La vida primero. Pésele a quien le pese y duélale a quien le duela.