21 feb. 2010

Memorias del viejo

Hace muchos años en Cañuelas, un pueblito de la provincia de Buenos Aires (en ese entonces era un pueblo) funcionaba la única empresa que fabricaba placas radiográficas de Sudamérica, abastecía a hospitales, clínicas e incluso exportaba dichas placas a países vecinos.
64 empleados. En ese entonces, para un municipio que no llegaba a los 15.000 habitantes (muchos de ellos rurales y que vivían de la industria láctea) 64 familias vivían de esa fábrica. Nada mal dentro de todo. Y andaba bien. Podríamos decir que era una empresa floreciente. Prometedora.
Claro, una fábrica en donde se trabajaba casi a oscuras, ¡si era un gran laboratorio fotográfico!

Y se metió el sindicato. Paros, conciliaciones, vuelta al paro, vuelta a la fábrica, otro paro… y así. Por mejoras salariales, las condiciones laborales, que horas extras, que no horas extras, que la oscuridad, un sinfín de reclamos. Un año más o menos de conflictos. Las entregas que no se cumplían a tiempo, los clientes que se quejaban.
Al dueño, un alemán grandote y pelirrojo lo tenían loco los del sindicato.

Un día, en uno de esos paros, en que los del sindicato y el dueño llegaron a un acuerdo, era un aumento por las horas extras trabajadas o algo parecido, ahora no lo recuerdo muy bien, pero era algo que se podía haber hablado sin llegar a parar la fábrica.
Al final, cuando se levantan de la mesa, el dueño les dice a los dos delegados: ─ Esta es la última.
Los dos delegados lo miran socarronamente y le dicen─ ¿La última? Eso vamos a verlo…
Y se marcharon burlándose por lo bajo y codeándose entre ellos.

Al mes otro paro, el alemán desahuciado les pregunta: ─ ¿Y ahora por qué?
─ Con usted no es nada jefe, el paro es para solidarizarnos con los trabajadores de La Martona (una lechería que se fundió también hace años)
─¿Y qué tenemos que ver nosotros con La Martona?
─ Imagínese jefe, tenemos que solidarizarnos…─ Y se marcharon parando la fábrica.

Ese mismo día, a las 17:50, diez minutos antes de que cerrara el correo salieron de la fábrica 64 telegramas de despido.
Se indemnizó a cada uno de ellos. En menos de una semana fue desmontada la fábrica y el alemán se esfumó de la historia de Cañuelas. Dijeron al tiempo que se había establecido en Brasil, pero vaya uno a saber si es cierto.

Hoy pasas por ruta 3 y la 205 y vas a ver un tenedor libre abandonado que se llama "El castillo”, eso era la fábrica, o lo que quedó de ella. Al principio eran paredones, después que cerró, un día le abrieron esas aberturas que tiene ahora y creo que pusieron una usina láctea, pero tampoco prosperó.

Lo miré unos segundos en silencio y al fin exclamé ─¡a la flauta! ¡este alemán se mandó la Rebelión de Atlas solito!
─¿Qué?
─ Nada, nada.

9 feb. 2010

Estas cosas son las que quiero ver

Resulta que el lunes Fede me dice: ─Má, ¿me acompañás al hospital? tengo este bultito en el cuello desde hace una semana y hoy amaneció más hinchado...
─Es un ganglio Fede, o tenés una muela cariada o estuviste a punto de pegarte una angina, pero si vas a estar más tranquilo te acompaño.
Y allá nos fuimos. Al Hospital Interzonal de Agudos Presidente Perón (ex Dr. Finochietto).
Entramos a la guardia y nos sorprende todo un chaperío, como que la cosa estaba en plena obra edilicia. Le pregunto al de seguridad y me dice que la guardia ahora está del otro lado del hospital, por la otra punta.
Edificio de estructura simétrica, nos encaminamos hacia allí.
Me sorprendí. Después de putear y putear por querer ver a este hospital como Dios manda y como se merece históricamente, me encontré con una guardia nueva, impecable, limpia y ordenada.

Estas son las cosas que quiero ver. Venimos tan golpeados que ya no importa si alguien se queda con un vuelto, que dejen obras a su paso y que podamos verlas ya es suficiente redención.

Mientras esperaba a Fede que lo estaban atendiendo, se me escapó en voz alta ─¡Qué lindo que está esto!
Uno que estaba esperando sentado al lado mío me retruca ─¡Vamos a ver cuánto dura! ¡ya van a venir a escribir sobre las paredes con fibrones y aerosoles!
─Eduquemos al soberano─ le respondo.
Me mira sin decir más nada.
¡Dios mío!, pensé, ¡por nosotros no apostamos ni una moneda!.

Cuando nos íbamos, me pareció ver al fantasma de Eva, que desde el fondo del pasillo me sonreía tristemente.

©Vero