23 abr. 2017

Lo muchacho de Perón

Cuando les dije a los del sindicato que nosotros los trabajadores teníamos el derecho soberano a elegir estar o no estar afiliados a algún sindicato o incluso a aprobar o desaprobar alguna cuota solidaria que fuera a dar a las arcas sindicales, dijeron que había que pagar porque así era la ley.
Cuando les insistí con que esa misma ley especificaba que las cuotas "solidarias" a los "No afiliados" son extraordinarias, que persiguen un fin determinado y sólo pueden cobrarse por un determinado lapso de tiempo, se hicieron los sorprendidos.
Cuando les pregunté qué hicieron con el dinero que mes a mes y durante tantos años me sacaron/robaron de mi sueldo a traves de la cuota solidaria/compulsiva, no supieron qué responderme.
Cuando les exigí entonces la devolución de mi dinero, no dijeron más nada y se mandaron a mudar.
Eso son. Todos chorros. Avispate.

22 mar. 2017

Herbert Spencer. El germen ácrata de Borges

Por Luis Diego Fernandez  
Publicado en diario Perfil el 02/09/2012
Se publica en el país El hombre contra el Estado, del filósofo británico Herbert Spencer, un libro prácticamente inhallable en castellano, medular en la concepción anarquista de Jorge Luis Borges. 

Para el escritor argentino, el Estado opera como una suerte de entelequia que disciplina y obliga a mentir. Según su visión, el político es quien mejor viste el disfraz hipócrita. Quizá la palabra clave sea escepticismo. 
Cito: Mis convicciones en materia política son harto conocidas; me he afiliado al Partido Conservador, lo cual es una forma de escepticismo, y nadie me ha tildado de comunista, de nacionalista, de antisemita, de partidario de Hormiga Negra o de Rosas. Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos. No he disimulado nunca mis opiniones, ni siquiera en los años arduos, pero no he permitido que interfieran en mi obra literaria, escribe Jorge Luis Borges en el prólogo de El informe de Brodie (1970). 
Interrogar por el pensamiento político borgeano no es laberíntico ni una empresa condenada al dejo irónico, ni mucho menos requiere menospreciar o minimizar su peso en su obra ficcional o poética (donde hay notorias huellas de una auténtica filosofía política). La clave es lo escéptico que señala el propio Borges. Esa no creencia, hoy más que nunca, va a contrapelo. Tal vez Borges escribió en momentos donde muchos creían (de un lado o del otro) en políticas transformadoras y movimientistas; Borges, no. Pero la pregunta de Borges iba más allá de las decisiones políticas y, desde luego, de la mera práctica política coyuntural a la que consideraba un ejercicio de la mentira y la corrupción sistemática, así lo dice desde diferentes intervenciones públicas, por caso, en las conversaciones con Roberto Alifano tituladas El humor de Borges: La profesión de los políticos es mentir. El caso de un rey es distinto; un rey es alguien que recibe ese destino, y luego debe cumplirlo. Un político no; un político debe fingir todo el tiempo, debe sonreír, simular cortesía, debe someterse melancólicamente a los cócteles, a los actos oficiales, a las fechas patrias. 
Otra alusión, en sus diálogos con Ernesto Sábato (compilados por Orlando Barone): No. En primer lugar (los políticos) no son hombres éticos; son hombres que han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad. Creo que ningún político puede ser una persona totalmente sincera. Un político está buscando siempre electores y dice lo que esperan que diga. En el caso de un discurso político, los que opinan son los oyentes, más que el orador. El orador es una especie de espejo o eco de lo que los demás piensan. Si no es así, fracasa. 
Un diagnóstico claro, el de Borges: el político, en rigor, es un sometido, un esclavo, la interfaz de una mecánica de la hipocresía, la doble moral y el resentimiento (categoría nuclear en Martínez Estrada). Según la lectura borgeana, el poder, y específicamente el Estado, opera como una suerte de entelequia y elefante normativo que disciplina y obliga, por obliteración u omisión, a mentir y a la cortesía fingida, al acto enmascarador y el disfraz deliberado. En este sentido, aquí se pone en evidencia la fibra anarquista borgeana. La cuestión de la vida falsa es algo prototípico de la protesta de todo discurso anarquista, sea éste por izquierda y comunitarista (Bakunin, Proudhon) o por derecha e individualista (Thoreau, Martínez Estrada, Onfray). La crítica política borgeana descansa en lo falaz, de allí la mirada pirrónica, la sonrisa que opera como demolición y desarma el entramado. La risa de Borges frente al poder estatal es la de Demócrito o el pedido imperativo de Diógenes a Alejandro Magno: Córrete porque me tapas el sol. Algo de esta pulsión libertaria encontrará Borges, de modo inevitable, en el texto del filósofo inglés Herbert Spencer que se reedita (vía la editorial libertaria Innisfree), cuyo título es El hombre contra el Estado publicado en 1884. Es usual reconocer la autodefinición borgeana como anarquista spenceriano. Lo cierto es que la lectura de ese texto fue un golpe y una dirección, pero su padre, Jorge Guillermo Borges, no sólo le transfirió la ceguera sino el anarquismo de Herbert Spencer. Para ser estrictos, la filosofía spenceriana esgrimida en El hombre contra el Estado parte de un precepto muy claro y sencillo: nadie debe ser forzado a cooperar con otros individuos bajo ninguna circunstancia; toda forma de cooperación debe ser voluntaria sentando las bases del principio de no agresión. Toda intervención del Estado sobre el individuo común, a los ojos de Spencer, era considerada inmoral. La única coerción aceptada, en este sentido, reposaba en la obligación de hacer cumplir los contratos entre pares iguales. Formado por cuatro ensayos, El hombre contra el Estado se constituye en la piedra basal del liberalismo británico y el antecedente más potente del anarcocapitalismo norteamericano del siglo XX. Algunos críticos han visto en Spencer cierto darwinismo social al desmantelar toda pretensión de imponer la solidaridad a punta de pistola. Quizá la aniquilación más fuerte por parte de Spencer reposa en la victimización de todo colectivismo a fin de otorgar mayor grado de acción al individuo y el emprendimiento.
La genética ácrata hace que el propio Borges expanda su visión en materia política en las entrevistas con Vicente Zito Lema o en la célebre, televisada innumerables veces (1980), con Joaquín Soler Serrano, donde señala: Soy anarquista. Siempre he creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras, y de los Estados. La definición merece ser explicitada, máxime en su coyuntura. El discurso libertario de Borges era pacifista (lejano, desde luego, de incendiarios como Errico Malatesta o Severino di Giovanni), allí puede entrar la figura de anarquista de derecha (¿habría otra expresión posible en 1980? ¿Y hoy?). En estos tiempos, es posible arriesgar que esa posición borgeana encuentre opciones en el discurso del liberalismo libertario del siglo XX, recreado a través de pensadores como Friedrich A. von Hayek, Ludwig von Mises o Robert Nozick, en el anarcocapitalismo de Murray Rothbard, o quizá mediante la expresión contracultural del posanarquismo de Michel Onfray (que no está en contra de la propiedad privada y aboga por espacios de microrresistencia). Borges comprendía perfectamente la cuestión semántica sobre el anarquismo, vale decir, ausencia de arché (fundamento, en griego), y cuya búsqueda muy lejos está del desorden o el caos. En ese sentido, al emplear esa categoría política, el escritor expresaba su rechazo a la autoridad y a ser gobernado. Un anarquista, en los hechos, es alguien que se gobierna a sí mismo y que se niega a servir, así ya lo vemos en la raíz de El discurso sobre la servidumbre voluntaria, de Etienne de la Boétie, texto del siglo XVI, piedra inaugural del libertarismo. Un anarquista es alguien extremadamente responsable, sistemático y riguroso consigo mismo: la ausencia de patrón, dominador, amo y dios lo pone como un individuo solar, piedra angular del mundo, que se da su propia forma, un cristal que debe transmutar esas figuras dentro de sí. Y esto en Borges resulta una afirmación de evidencia palmaria. Lo cual no quita que su pensamiento haya pasado por ciertos clivajes en materia política: desde la composición de aquellos poemas que integrarían un libro nunca editado, titulado Los salmos rojos, donde se da cuenta de una época bolchevique, de un comunismo pacifista, leído en clave de hermandad universal, de cuño whitmaniano.
Sin embargo, este humanismo que inspiró a Borges desaparece hacia 1920, tal como dice una carta a Maurice Abramowicz, fechada el 12 de enero de 1920: Soy de tu opinión en lo concerniente al bolcheviquismo. Es una sucia chusma de arribistas que arribarán y harán de la vida una vileza moral mediocre y monótona. Del mismo modo, también se puede detectar un breve destello yrigoyenista en sus poemas de El cuaderno San Martín (1929), donde ejerce un fraseo más criollista (típico del caudillo radical) como puerta para luego partir hacia la dimensión universalista. Finalmente, se afirmará su posición anarquista, y su afiliación, ya citada, al Partido Conservador como gesto de desencanto de la política partidaria, democrática y representativa.
La pregunta por la política borgeana debería ser realizada, tal vez, y hoy más que nunca, por resultar a contracorriente y extemporánea; una cifra más que necesaria de volver a ser pensada con rigor y seriedad. A veces desechada con rapidez excesiva, lo cual revela cierta pereza intelectual para problematizar algo por fuera de la superficie. Esta cuestión implica, además, una pregunta a posteriori en relación con la noción de libre albedrío, para lo cual es más que destacable el artículo del economista Martín Krause titulado La filosofía política de Jorge Luis Borges, donde se analiza en detalle este tema. Borges, que era escéptico en materia política y agnóstico en términos religiosos, también era un maestro de la sospecha con respecto al libre albedrío. De todos modos, si bien dudaba, lo cierto es que aquello no implicaba caer en el determinismo. Su postura podría expresarse de la siguiente forma: el hombre no tiene entidad por fuera de las relaciones causa-efecto; está determinado, pero le resulta imposible conocer las causas de tal determinación. Este argumento es una constante en el universo ficcional borgeano, particularmente en cuentos como El sur o El jardín de senderos que se bifurcan. El destino cifrado, la determinación evidente, opaca siempre el causante de las acciones finales, de la muerte, de la valentía o la cobardía. El agnosticismo en esta materia le da coherencia a la tesis: quizá Dios sí exista, pero nunca lo sabremos.
El spencerismo de Borges (que también lo fue de Sarmiento, así lo testimonia el libro de su lecho de muerte en el Paraguay) se permite ver, de nuevo, en este diálogo con Osvaldo Ferrari: Para mí, el Estado es el enemigo común ahora; yo querría eso lo he dicho muchas veces un mínimo de Estado y un máximo de individuo. Pero quizá sea preciso esperar no sé si algunos decenios o algunos siglos lo cual históricamente no es nada, aunque yo, ciertamente no llegaré a ese mundo sin Estados. Para eso se necesitaría una humanidad ética y, además, una humanidad intelectualmente más fuerte de lo que es ahora, de lo que somos nosotros; ya que, sin duda, somos muy inmorales y muy poco inteligentes comparados con esos hombres del porvenir. 
En la afirmación borgeana se ponen en juego dos valores anarquistas irrenunciables: conducta y conocimiento. Pocos movimientos menos antiintelectuales y prointelectuales que el libertario: política del libro, la biblioteca y el estudio que colocaba la ignorancia de los pueblos como un enemigo igual de rapaz que el Estado. Todo anarquismo señala lo mismo: no hay cambio posible sin erradicación de la ignorancia, verdadero factor causante de la dependencia. Este es el problema, entonces, que también señala Borges; por ende, la biblioteca como solución; la educación, la formación personal y sin fin. Materia siempre bien comprendida por todos los grandes pensadores libertarios argentinos, como Martínez Estrada o Juan José Sebreli, ejemplos descomunales del autodidactismo.
La filosofía política pone a Borges a contracorriente, y cumple el rol del aguafiestas, de quien señala el muerto en el placar y aviva a los dormidos de la inocencia perdida: un Estado engordado o bulímico y la inmensa mayoría que espera aun salvar sus ropas a partir de su teta. Pero el anarquismo borgeano revela algo más hondo y complejo que no todos vieron, o no quieren mostrar por ignorancia o conveniencia, así lo dice en Evaristo Carriego: El argentino hallaría su símbolo en el gaucho y no en el militar, porque el valor cifrado en aquél por las tradiciones orales no está al servicio de una causa y es puro. El gaucho y el compadre son imaginados como rebeldes; el argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano. Este individualismo argentino que marca Borges, y va de suyo con el gaucho y el malevo como modelos de rebeldía, dice más bien algo del problema de la articulación de lo colectivo y del populismo que de la ciudadanía: la opción de la filosofía política borgeana tiene hilachas a ser repensadas e incrustadas con la contundencia de una marca con antecedentes. Si la política argentina del siglo XIX se escribió desde la figura del libro y los presidentes intelectuales, Lugones representó esa imposibilidad en el siglo XX al intentar revivir un
sarmientismo imposible. Borges, y también Martínez Estrada, alcanzaron a ver que esa empresa estaba condenada al fracaso: Alpargatas, sí; libros, no. El intelectual sealeja de lo público y construye su fortaleza, su jardín epicúreo, su mito personal. En esta amalgama que se solidificó durante años, podemos detectar esquirlas del anarquismo borgeano como una forma de resistencia, que aparece con más virulencia en momentos en que el Estado adquiere dimensiones desaforadas y peligrosas. Espacio que hoy está vacante. Casillero del intelectual privado: aguijón que no por pequeño es débil, si no recordemos que El Aleph se encontraba en una casa de la calle Garay.

Nota: este artículo lo tuve guardado por años, para mi sorpresa, cuando hace poco intenté buscarlo en la web del diario no lo pude encontrar. Entonces aquí lo rescato.

2 abr. 2015

Las cursadas eran a la noche y como no me había tocado guardia me quedé en el sucutrucho que alquilaba en La Plata, no tenia ni tele ni radio y todavía no existia internet, ni el whatssap, así que sola y en silencio había pasado todo el día estudiando hasta la hora de ir a la facu. Fue entrar y enterarme. Una compañera de entre todo el grupo tenía un diario entre sus manos. A todos no nos terminaba de cuajar la idea. Qué? Pero qué? Me alcanza el diario, como hizo también con los que luego fueron llegando y como yo no estábamos enterados. Leo los títulares. No puede ser. Otra de las chicas estaba llorando. Su novio estaba en la colimba, faltaban pocos días para que le dieran la baja y en todo el día no había tenido noticias suyas. No puede ser. 
Esa misma noche me voy para Buenos Aires, creo que era viernes y los fines de semana me pegaba la vuelta en micro. Llego a la casa de mi abuela. Tarde, era muy tarde y todos estaban durmiendo. La tele por aquellos años cortaba la transmisión a las doce de la noche. Imposible saber algo a la madrugada. A la mañana siguiente en el desayuno mi abuela me cuenta de la vecina, una polaca que había vivido y sobrevivido la Segunda Guerra, que se había puesto como loca y gritaba, que había tapado con colchones y muebles todas las ventanas de su casa. No puede ser. Los fondos de la casa de mi abuela y la de ella apenas estaban separados por una enclenque tapia de ladrillos de canto de no más de un metro. Antes ni existía eso de la inseguridad, los fondos a veces ni tenían tapia o alambrada que los delimitara. Me asomo y la llamo. Luego de un par de llamadas escucho ruidos desde la puerta que daba a su patio, la abre con dificultad corriendo unas gruesas frazadas que había colocado detras, sale al patio a alertarme en su castellano enrevesado y la voz angustiada: Adentro! métete adentro que van a empezar a caer las bombas! Y vuelve a encerrase. No puede ser.
Volví, por supuesto, a las clases y guardias en hemoterapia. Con amargura descubrí que empezaban a faltar reactivos para analizar la sangre, estos eran importados y el bloqueo comercial empezaba a hacer estragos. Con el paso de los días parecía que la guerra que aun no comenzaba había dejado en los hospitales solo aspirinas. Ahora rezabas para que no entrara un accidentado con una hemorragia. Se restringieron las transfusiones a sólo los casos de vida o muerte. Los demás pacientes a esperar. Llegamos a mezclar la sangre de algún paciente con la de las bolsas y a mirar en el microscopio para ver si no se coagulaba. Si llegabas a hacer una transfusión era terrible encomendarse a dios para no estarle errando y terminar matando al paciente por la sangre incompatible. No puede estar pasando.
Y los apagones sobre Buenos Aires, los simulacros sobre una plana ciudad con millones de almas imposible de invisibilizar. Ahí estábamos, a lo largo y a lo ancho, cómo no nos iban a encontrar. No puede ser.
Con Gomez Fuentes y sus comunicados fueron pasando los días. Vamos ganando. Uno comienza a creer que vamos ganando ¿vamos? ¿yo? ¿quién? hasta que ves por la tele a los sobrevivientes del Belgrano y ves la tremenda ausencia de los que no sobrevivieron. Ay, por favor, Honor y Gloria a los caídos. Entonces se te acomodan las fichas. De golpe se te hace una crueldad ver a esa abuela que teje bufandas frente a la cámara. Te dices que debería tejer mortajas. Y ella no tiene la culpa de tejer bufandas, porque las abuelas tejen bufandas y la pusieron ahí para tejer bufandas. De golpe te urge saber algo de aquellos conocidos que están en Malvinas o apostados en Río Gallegos. Te enteras de las enfermeras mal pertrechadas y pasando frio en el sur. También las movilizaron, en su mayoría del Ejército y de la Cruz Roja. Nadie dice nada del frío todavía, pero te lo dijeron en la guardia y se te hiela la sangre también. Luego te enteras del novio de tu compañera, que regresó de Malvinas enajenado de miedo, y ves al amigo aquel que regresó sin la sonrisa, sonrisa que trocó por una sombra que lo acompañó hasta el día de su muerte. Daño colateral que le dicen. Y fueron tantas vidas.
Tres años después nació mi hijo y ese mismo día, mirándolo en su cuna pensé en la guerra, me juré que si alguna vez insistían con ella le preguntaría a los gurkas en qué parte del mapa querían el moñito, y les mandaría las islas de regalo, porque una sola gota de sangre de mi hijo o del hijo de cualquier argentino vale más que las Malvinas. La vida primero. Pésele a quien le pese y duélale a quien le duela.

26 mar. 2015

Yo quiero mi monumento, y vos?

Un hombre hace muchos años tuvo su día de furia... Resulta que este hombre era un polaco inmigrante, un peón de campo que había venido a la Argentina tratando de buscar un mejor futuro, y claro, trabajó siempre en el campo. La cuestión que luego de años de aportes y cumplida la edad para jubilarse, era la época de Onganía, comenzó a hacer los tramites jubilatorios en lo que entonces era la Caja de Previsión Social Rural, acá, sobre la Av. Corrientes estaba... resulta que ahí, en la caja, había una empleada que le hizo la vida imposible. El hombre era tosco, humilde y de muy pocas palabras, aún mezclaba el castellano con su lengua natal, entonces le costaba entender y darse a entender. Y esta empleada lo boludeó y se burló tanto a causa de sus limitaciones, que lo hizo pasar por todo el papelerío habido y por haber, y cada vez que este hombre iba a verla, ella le decía que le faltaba, como el viejo skech, un papel. Cuando el hombre confundido le preguntaba cuál, ella lo mandaba a hacer trámites inútiles a oficinas más inútiles todavía, que nada tenían que ver y donde los empleados lo miraban con sorpresa al principio y cuando por fin le entendían, le decían que ahí no era, que en esa oficina no hacían jubilaciones. Un buen día el hombre fue a la caja y sin decir ni mu  le vació la escopeta en la cabeza de la empleada. El hombre fue preso, claro, pero mira si estarán mal las cosas, que le pusieron una placa conmemorativa a ella cuando el que debería tener un monumento es él! Salió en las noticias de aquellos años....No estoy seguro si era ucraniano o polaco.... el hombre hizo justicia.
Esto me sabe contar el viejo cuando me ve sobre el escritorio protestando contra la burocracia argentina y llenando formularios y otras estupideces para presentar en alguna dependencia pública ante un empleado con el dedo deformado de tanto sujetar la taza de café... y yo le digo que quiero averiguar qué dice esa placa, que el viejo dice que ahora es no sé que dependencia pública, pero que antes ahí funcionaba la caja y que la placa sigue estando, y yo le digo que vaya y me traiga una foto...
Ahora me pregunto, la mina murió por qué? en cumplimiento del no deber? por desobediencia debida? por ser gastamanga de escritorio? o por su soberana hijaputez?
Cada vez que el viejo me ve protestando me cuenta la historia, y siempre le digo mientras voy de salida cargando papeles: Algún día voy a tener mi placa... vayan juntando llaves.

21 feb. 2014

Hace un mes largo, era enero creo, recibo un mensaje con una consulta sobre cerámica, tengo una página web sobre el tema y me escriben de todas partes del mundo, pero esta vez el mensaje venía desde Venezuela y alguien me preguntó cómo hacer para "curar" una olla de cerámica, esas que van sobre el fuego, esas que sirven para hacer guisos por ejemplo y que acompañan al hombre desde tiempos inmemoriales. Porque así como se "cura" el mate de madera o calabaza con un trocito de carbón encendido y azúcar, o curamos una sartén de hierro quemando aceite hasta que quede negra para que luego no se nos peguen las tortillas, las ollitas si no están esmaltadas también se suelen curar, esto es simplemente hacerla un poco más impermeable. No hay ningún misterio. Le respondo que acá en Argentina las solemos curar (al menos yo) con leche, llenándola con leche y dejándola hervir despacito un par de horas. A vuelta de correo me da las gracias y me dice que va a ver si puede hacerlo, puesto que "aquí en Venezuela no conseguimos leche".
Me quedo pensando en esto, en lo increíble que puede ser que en un país como Venezuela con semejantes Llanos donde las vacas, como acá, deberían multiplicarse solas, faltara leche. ¿Qué es lo que pasa en un país que tiene todo para ser un país, no digo de punta, pero floreciente como ningún otro en Sudamérica, porque agregale a sus riquezas naturales las brutas reservar de petróleo que tienen, y están como están?

Hace pocos días comenzó una protesta estudiantil en Venezuela. Comenzó a causa de un intento de violación a una muchacha en un campus universitario. El reclamo era por más seguridad en ellos. Uno así, de lejos, lo ve como algo solucionable para cualquier gobierno de buena voluntad. Pero la cosa es que se desmadró. El gobierno de Maduro no entendió el mensaje y en su paranoia lanzó una contraofensiva descabellada. Y ahí tienen protestas, marchas, muertos, heridos, escuadrones de la muerte, encarcelados y hasta persecuciones políticas.

Las primeras imágenes que veía eran de chicos con piedras y militares armados. Y la cabeza se me llenó de imágenes viejas, rebobinaban y volvían una y otra vez, me iba de la Primera Intifada salvando las diferencias, que me había impactado en su momento, a lo que me impresioné el 21 de diciembre del 2001, luego de la caída de De la Rúa, en que iba por la Av. 9 de Julio y en el cruce de Av. de Mayo el paisaje desolador al amanecer me hacía pensar literalmente en que habían llovido piedras, y claro, pensé también en La Noche de los Lápices... mierda, otra vez piedras contra balas.

Y una se dice que enseguida se van a levantar las voces pacificadoras, muchas voces, que todo el mundo va a elevar la voz y clamar para que estas cosas paren,  uno no se quiere sentir tan solo y quiere creer en que no somos sólo unos cuántos los que no queremos volver una y otra vez a ver y repetir la historia. Y no. Misteriosamente pareciera que a muchos mandatarios de la región les arrancaron la lengua, y si la tienen, el mensaje es equivocado, No es el que quería escuchar. Hubiera preferido su silencio. Puede ser que tengan cola de paja, pero está clarito, el "hay que escarmentar a los insurgentes" vale más que reconocer que las cosas no están bien en Venezuela. ¿Todos tendrán su motivo para llevarse bien con el gobierno chavista?  No me creo el cuento golpista, las cosas, acá como en Venezuela no están bien. Todos tenemos el culo apoyado sobre un polvorín. Esos mandatarios y sus mensajes son imperdonables.

Tampoco entiendo a los que acá se llenaron la boca hablando de La Noche de los Lápices y su Juicio y Castigo repetido como un mantra no les brotaba solamente de la boca sino que en su fanatismo hasta lo transpiraban, y ahora.... guardan silencio... Hablo de gente hasta con las que tuve feroces discusiones por pensar distinto, porque no soy K... ¿Pero cómo es la cosa? Acá los derechos humanos sí y allá no? Puta madre, pero si lo de Venezuela también comenzó por un reclamo estudiantil y ahora están cagando a tiros a estudiantes que sólo tienen piedras en sus bolsillos! ¿qué puta diferencia hay con La Noche de los Lápices? Ninguna para mí.... Entonces no le voy a permitir Nunca Más a ninguno de los que discutí en su momento volver a balbucear siquiera La Noche de los Lápices ni recoger el guante de los Derechos Humanos sin que escuchen y muy bien escuchados mis argumentos para remarcarles su falta de coherencia. Si ahora se callan, que se guarden las palabras frente a mí en el futuro. El que avisa no traiciona.

Piedras contra balas. Y silencio cómplice. Es lo que hay señores.

Aguanten Venezolanos!